Vivir en San Carlos: Por Qué Nos Quedamos
La gente llega a San Carlos por todo tipo de razones. Para algunos, es el Mar de Cortés y todo lo que eso implica: la pesca, salir en lancha, bucear y pasar los días dentro o cerca del agua. Otros buscan el sol y escapar de los inviernos del norte. Algunos descubren San Carlos casi de casualidad, mientras que otros llevan generaciones enteras viniendo aquí con sus familias.
Todo eso ayuda a explicar por qué la gente viene. Pero no explica del todo por qué tantos se quedan.
Tom y yo llegamos a San Carlos de una manera algo distinta a la de muchas de las personas que hemos conocido a lo largo de los años. Cuando dejamos Canadá, no nos quedamos con ninguna casa a la cual regresar. Vendimos nuestro cuarto de sección (unas 65 hectáreas) a las afueras de Calgary, la casa y todo lo que había adentro, los tractores y los caballos, y llegamos a San Carlos con una troca, un tráiler y un perro. Para nosotros, la decisión ya estaba tomada. Vinimos aquí a hacer un hogar.
Para muchos otros, ese sentido de hogar se va dando poco a poco. Un invierno se convierte en varios inviernos. Unos cuantos meses al año se vuelven cinco o seis. Se hacen amistades, se establecen rutinas, y en algún punto del camino algo cambia. San Carlos deja de ser nada más el lugar donde vienen a escapar del frío o a disfrutar de otro estilo de vida. Se convierte en otro hogar, y para algunos, con el tiempo, simplemente en su hogar.
Después de vivir aquí tantos años y ver llegar a la gente y echar raíces, he llegado a creer que una de las razones más importantes es lo rica que es la vida social. En San Carlos es sorprendentemente fácil conocer gente, sobre todo a través de intereses en común. La pesca y el buceo siempre han sido un punto de encuentro aquí. Lo mismo pasa con el esnórquel, salir en lancha, el golf, el pickleball, el ciclismo, el arte, las cartas y muchas otras actividades más. No hace falta llegar conociendo a alguien. Nada más hay que encontrar algo que a uno le guste hacer.
Quizás parte de la razón por la que las amistades se forman tan rápido es que muchos de nosotros llegamos aquí conociendo relativamente a poca gente. En los lugares de donde veníamos, nuestras vidas ya estaban bastante establecidas. Teníamos familia, trabajo, vecinos y amistades que se habían formado a lo largo de muchos años. Los círculos sociales ya estaban naturalmente cerrados. Aquí, muchos de nosotros empezamos de nuevo, al menos socialmente, y eso abrió la puerta a conocer gente nueva. Alguien nos dio la bienvenida cuando llegamos, y con el tiempo aprendimos a hacer lo mismo por alguien más.
También hay una larga tradición de hospitalidad en San Carlos. Ya formaba parte de la comunidad de extranjeros mucho antes de que Tom y yo llegáramos. El Yacht Club original, por ejemplo, le pedía a cada socio que tomara un viernes y preparara la comida para todos los demás miembros. No me imagino que ese requisito tuviera el mismo entusiasmo hoy en día, pero dice algo muy bonito sobre cómo nació esa organización. Ser socio no era nada más pertenecer. Era participar.
El Monday Night Club nació con un espíritu parecido. Durante la temporada, los miembros se van turnando para organizar una reunión de cocteles los lunes por la tarde. Cada quien lleva una botana y el anfitrión pone la barra. Es sencillo, informal y muy social, y probablemente por eso la tradición ha durado tantos años.
Más allá de los grupos organizados, sin embargo, recibir gente en casa es sencillamente parte de la vida aquí. No hay horario ni mucho menos obligación. Alguien invita a ocho o diez personas a cenar, otra persona hace lo mismo unas semanas después, y de vez en cuando alguien se avienta con un convivio más grande. En San Carlos hay cocineras y cocineros maravillosos, y a lo largo de los años hemos disfrutado de noches extraordinarias en la mesa de otras personas.
La comida sin duda es parte del gusto, pero la mesa en realidad se trata de algo más. Es donde la gente que se conoció pescando, jugando golf, pintando o compartiendo cualquier otro interés, llega a conocerse más allá de la actividad que los unió al principio. Los amigos presentan a sus amigos. Los círculos sociales se van entrelazando. Se va sumando gente nueva.
Siempre hay lugar en la mesa para alguien más.
Creo que esa idea tan sencilla resume algo muy especial de San Carlos. Aquí existe una apertura que es difícil de describir para quien no la ha vivido. Eso no quiere decir que todos se conozcan entre sí, ni que cada recién llegado consiga de inmediato una docena de amigos cercanos. Las relaciones toman su tiempo en cualquier lugar donde uno viva. Pero aquí sí hay oportunidades para construir esas relaciones, y la gente suele estar sorprendentemente abierta a ellas.
Con el tiempo, esas amistades llegan a ser mucho más que cenas e intereses compartidos. Cuando la vida se pone difícil, como inevitablemente pasa de vez en cuando, uno descubre qué tan profundas se han vuelto esas relaciones. Las personas con quienes uno compartió los buenos tiempos suelen ser las mismas que, sin hacer mucho ruido, se ofrecen a ayudar cuando uno las necesita.
Quizás por eso, al final de cuentas, tanta gente se queda. El sol importa. El Mar de Cortés importa. El paisaje extraordinario y el estilo de vida que disfrutamos aquí, sin duda, también importan. Puede que eso sea lo primero que atrapa la imaginación de alguien y lo trae a San Carlos.
Pero con el tiempo pasa algo más. Uno deja de pensar principalmente en las razones por las que vino y empieza a pensar en la vida que ha construido. Sus amigos están aquí. Sus rutinas están aquí. Hay gente que lo conoce y gente con la que uno sabe que puede contar. Lo que empezó como un lugar para pasar el invierno, o tal vez nada más como un sitio nuevo por explorar, se ha convertido en algo mucho más difícil de dejar.
Tom y yo llegamos hace tantos años con la intención de hacer de San Carlos nuestro hogar. Para mucha gente, esa certeza llega más despacio.
De cualquier forma, las raíces siempre terminan agarrando.
Y todavía hay lugar en la mesa para alguien más.
Crédito de foto: Alfonso “RADA” Vásquez